El Placer de Averiguar las Cosas

“El Placer de Averiguar las Cosas” es el título de un libro del científico Richard Feynman. Desde luego que es un placer y desde luego que hay una diferencia, sútil pero muy importante entre saber y averiguar. Mucha de la formación en habilidades de intervención y desarrollo personal y profesional se centra en “impartir saber”. Es útil pero siempre es saber de segunda mano. Hay pocas oportunidades para aprender sistematicamente a averiguar en vez de repetir lo ya descubierto pero es un fundamento crucial para un desarrollo eficaz y sostenible

Hace ya unos años, cuando mi hija aún estudiaba primaria, tendría unos 7 u 8 años. Me sorprendió con una nueva asignatura que iba a dar en el colegio. Se llamaba “cono”. El título completo me encandiló – “conocimiento del medio, Papi”, me dijo la chavala.

“¡Qué bien!” pensé “van a enseñar a nuestros hijos a investigar, a conocer el medio en que se mueven”. Tenía que comprar un libro de texto. Su nombre también me emocionaba – “el libro de las preguntas” creo recordar. Investigué el texto y me llevé una fuerte decepción. Lo que pretendían no era estimular y guiar la curiosidad para que nuestros hijos aprendieran a inquirir con provecho.

Lo que pretendían era que se pusieran a aprender – probablemente de memoria – un tocho de textos sobre lo que era una central eléctrica, una explotación agrícola, comercio exterior… en una palabra querían “codos”.

La escena es probablemente familiar a cualquier padre o madre que hay tenido un mínimo de interés por la educación de sus hijos. Y es que investigar, no la actividad de estadísticas, microscopios y bata blanca de los universitarios y departamentos recónditos, sino indagar, cuestionar sistemáticamente, zambullirse en lo que Richard Feynman llamó “el placer de averiguar las cosas” por los propios medios es una habilidad que escasea. Y no es, creo, por falta de ganas o de interés. Es que hay pocas oportunidades para aprenderlo sistemáticamente. Aún siendo, como es, uno de los fundamentos de toda actividad fructífera, se deja al azar, a la buena de dios. Es una de esa muchas cosas que o lo haces naturalmente, o no lo vas a hacer. En un mundo donde la noción de “salirse de la zona de confort” es un tópico de lo más trillado y se nos llena la boca con las mantras de de turno, todo el mundo quiere saber pero pocos tienen las mismas gaas de descrubrir.

Cada vez que nos encontramos ante una situación nueva, un problema nuevo, una persona nueva o, de hecho, al encontrarnos ante cualquier tipo de novedad, se nos presenta la posibilidad  de adentrarnos – con provecho o no – en lo desconocido.

Podemos tratar lo nuevo como algo ya conocido, o como lo “suficiente similar” de algo conocido. O podemos tratarlo, con respeto y curiosidad como algo aún por conocer, algo diferente y especial. Esto es especialmente importante cuando se trata de las personas.

“Adentrarse en lo desconocido” a lo mejor suena en exceso a aventura, a descubrimiento y, posiblemente, a peligro.  Y  la inseguridad que ello puede suscitar conduce a muchas personas a preferir quedarse con lo que ya saben, a seguir fórmulas pre-establecidas o intentar encubrir lo desconocido con una pátina de conocimiento general. Esto es una pena. Al margen de la pérdida de intriga y aventura que eso entraña, también crea un peligro mucho más real: investigar – bien hecho – siempre nos acerca a la realidad y el peligro de no hacerlo es precisamente el de alejarnos  de ella y, en casos extremos, sustituirla con fantasias y rituales en vez de comprensión e intervención eficaz basada en ella.

Comprender algo nuevamente, aprender algo nuevo – avanzar, desarrollarse, ir más allá – siempre va a suponer un componente desconocido. Entonces se nos presenta  la opción de ignorarlo o de adentrarnos – satisfactoriamente – en lo desconocido: en una palabra, investigar.

Gran ausente en la mayor parte de la formación disponible, investigar: la habilidad de crear y utilizar distinciones útiles y efectivas para generar información certera y organizar esa información de modo, relevante y aplicable, muchas veces se susitituye con guiones y protocolos de “preguntas a hacer” paso a paso. De hecho, muchos de los “modelos” que se emplean en la empresa, el coaching o la intervención, son poco más que secuencias de preguntas diseñadas para proporcionar un sentido de “saber-hacer” o “saber proceder” con el consiguiente sentido (aunque falso) de confianza y seguridad

Saber-hacer es útil por supuesto, pero saber seguir un guión no es, ni mucho menos, equivalente a investigar. En el mejor de los casos un guión condicionará la dirección de búsqueda de información e impondrá las mismas prioridades  en cualquier caso y en el peor acabará en un ejercicio irrelevante, irrelevancia que será difícil de detectar por la sensación de seguridad que produce el hecho de estar utilizando una herramienta familiar.

Con el aumento en el ritmo de cambio en la vida, saber responder apropiadamente adquiere cada vez mayor importancia. Lo conocido se vuelve rápidamente rutinario.  Se puede mecanizar y convertir en algoritmos y pierde valor. Identificar, investigar y crear en cambio o puede ser tan fácilmente mecanizado. Por eso las habilidades de investigar y crear  el propio aprendizaje son valores muy en alza. Marcan una diferencia significativa.

Por eso una de las habilidades fundamentales que se aprenden en toda nuestra formación es la habilidad de investigar, de saber reconocer lo nuevo y responder de forma apropiada a ello.

Más allá de la actitud más allá de la curiosidad está el proceso – cómo hacerlo. Sea tu interés trabajar con personas, con problemas y desafíos empresariales o explorar y mejorar la calidad de tu propia vida esta formación te puede proporcionar las habilidades para hacerlo – de forma eficaz.

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