El mundo del “coaching ejecutivo” – o coaching realizado en un contexto empresarial – se está volviendo mucho más competitivo. Era evidente que iba a ocurrir y, francamente, hay muchos coaches y aspirantes a ello que no se diferencian mucho de los demás. Ante ello empieza a haber una proliferación de nuevas técnicas, “herramientas” y especializaciones.

Me parece claro que la diferencia que marca diferencia a la larga no es, mi mucho menos añadir más tecnología y procedimientos a hacer sino más habilidades.

Y en el coaching, al igual que ocurre con todos los procesos de intervención, la gran asignatura pendiente son las habilidades de modelar. Esto es, principalmente, porque estas habilidades proporcionan una manera real de hacer lo que muchas veces se comenta pero pocas veces se consigue – centrarse en el propio cliente. Suena fácil – pero no lo es y desde luego dista mucho de ser la manera en que la mayoría de los coaches hacen coaching.

Saber centrarse en el cliente y lo que el (o ella) realmente hace y mejorarlo es el propósito del proceso de coaching. No es centrarse en lo que el cliente cuenta de su situación, ni en lo que “debería” hacer según las nociones populares de autoayuda. No es guiarle con preguntas más o menos poderosas a que descubra lo que el coach piensa que debe descubrir. Tampoco es cuestión de centrarse en técnicas (aunque sean técnicas de hacer preguntas a ese mismo cliente) o en unas “herramientas” o procedimientos más o menos complicados. Es cuestión de disponer de habilidades de modelar. Esto es precisamente el valor añadido de la metodología DBM:  habilidades para marcar una diferencia de verdad y hacer trabajo realmente efectivo.

El coach ya formado que quiera destacar por su trabajo efectivo y relevante haría muy bien considerando aprender a modelar con DBM como base de sus intervenciones profesionales.

© Tim Ingarfield